Artículo de Francisco Abundis publicado en Milenio
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A partir de la publicación de mediciones recientes, se ha generado un debate sobre la aprobación con la que cuenta la presidenta Claudia Sheinbaum. Lamentablemente las encuestas no son ajenas a la discusión polarizada que tenemos hoy día en nuestro país y los datos se ocupan frecuentemente según conviene al argumento en turno.

Frecuentemente se citan datos sin una revisión clara de cómo se hizo la medición, cuál es la metodología reportada o en el caso extremo, si acaso se hizo la encuesta. No importa si es publicidad presentada como investigación, mediciones electrónicas o por internet, si es una medición telefónica o si es una medición probabilística realizada cara a cara, en hogares.
La forma de argumentar con encuestas frecuentemente hace caso omiso de estas diferencias y los datos se citan sólo si son útiles. Aquí me referiré sólo a mediciones realizadas durante este año, desde enero de 2026 con muestras probabilísticas (todos los ciudadanos mexicanos tienen la probabilidad de participar) realizadas cara a cara en vivienda. Es decir, todas ellas son mediciones replicables y validables. Dos requisitos mínimos de las ciencias sociales.
De manera descriptiva, podemos observar que si bien hay diferencias en los porcentajes de aprobación que se reportan entre ellas, estas no son sustanciales de mes a mes. De hecho, por el tamaño de muestra reportada, diríamos que las diferencias se encuentran en margen de error en la mayor parte de los casos. Y el otro dato observable y evidente es que se registra una tendencia a la baja.

¿Es baja o alta la aprobación de la presidenta? Depende de con qué o quién se le compare. Se le puede comparar en el tiempo o se le puede comparar con otros liderazgos o presidentes. Si se compara con presidentes de la región con mediciones hechas con metodologías similares a las descritas, diríamos que su aprobación es alta. Aun tomando el dato más bajo de los reportados aquí.

En una comparación con otros presidentes de nuestro país, también diríamos que su promedio está por arriba de la mayoría. Es importante observar que, salvo el caso del expresidente Peña Nieto, los niveles de aprobación de nuestros ejecutivos han sido históricamente altos, aun en sus momentos más críticos. A diferencia de buena parte de América Latina o Estados Unidos, donde es relativamente común que un presidente pueda llegar a tener alrededor de 30% o 40% de aprobación, en México no es usual. (Véase, por ejemplo, la aprobación que tiene hoy Donald Trump, +/- 40%).

Otra forma de analizarlo es: ¿cuándo importa más la aprobación? La aprobación presidencial es un indicador inequívoco de liderazgo. Desde que Gallup empezó a medir en el siglo pasado de la década de 1930 ha sido motivo de análisis. En general es un liderazgo abstracto y sirve en términos reputacionales y es útil para persuadir y negociar con otras fuerzas políticas. Sin embargo, hay un momento en que deja de ser teórico o abstracto y se hace concreto: en los periodos electorales.

Sin duda la aprobación es más relevante cuando se está cerca de una elección e importa aún más cuando la correlación entre aprobación presidencial y preferencia electorales es alta. El expresidente López Obrador logró la mayor correlación que se tiene registrada en Parametría, desde el expresidente Vicente Fox, pasando por Felipe Calderón, y Enrique Peña Nieto. En la elección intermedia de 2027 será la primera oportunidad en la que podremos tener este registro para la presidenta Sheinbaum.
Si comparamos la tendencia de la presidenta Claudia Sheinbaum con la de su antecesor López Obrador, se puede observar que la tendencia es muy similar. Hace seis años estábamos entrando al periodo de pandemia. Justo en las mediciones antes de marzo de 2020 el expresidente venía a la baja con una pendiente muy similar a la que se observa hoy.
Durante 6 meses, entre marzo y agosto de 2020, no hubo forma de medir cara a cara (incluso INEGI para el censo de población). Para cuando pudimos regresar a campo, la tendencia de caída del expresidente había parado. La tendencia se revirtió y nuevamente fue ascendente. En este contexto, una frase que usó AMLO para describir al COVID, “como anillo al dedo”, resulta más que comprensible. Esta revisión o antecedente nos lleva a la pregunta de si la caída de la aprobación que estamos observando se debe a condiciones estructurales o a eventos coyunturales.
La discusión sobre la aprobación de la presidenta Claudia Sheinbaum debe sustentarse en mediciones metodológicamente comparables y no en datos seleccionados de manera conveniente para respaldar posiciones políticas. Las encuestas probabilísticas realizadas durante 2026 muestran diferencias menores entre sí y sugieren una tendencia a la baja, aunque mantienen niveles de aprobación que continúan siendo altos, tanto en comparación con otros presidentes de México como con mandatarios de otros países.
La relevancia de estos indicadores no radica únicamente en su valor descriptivo o narrativo, sino en su capacidad para reflejar liderazgo y fortaleza política. Especialmente en contextos electorales donde la aprobación presidencial puede influir de manera significativa en las preferencias y decisiones de los votantes. La elección intermedia de 2027 aún está lejos, por lo que aún nos queda mucho por medir y analizar sobre este indicador. Un año en el que pasaremos de una medición teórica y abstracta a un resultado electoral concreto.