Texto de Francisco Abundis publicado en Milenio
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Las revoluciones tecnológicas suelen ampliar, al menos en sus etapas iniciales, las brechas de desigualdad entre sociedades y entre individuos, pues quienes desarrollan o adoptan tempranamente las nuevas tecnologías tienden a acumular ventajas económicas, productivas y de conocimiento. Este patrón se ha observado en distintos momentos de la historia y podría manifestarse con particular intensidad en el caso de la inteligencia artificial, debido a la velocidad de su difusión, la concentración de los recursos necesarios para desarrollarla y su capacidad para transformar una amplia variedad de actividades.
Sin embargo, la magnitud y persistencia de estas brechas dependerán también de las políticas públicas, las instituciones y las condiciones de acceso, capacitación y distribución de sus beneficios.
La principal restricción para el aprovechamiento de la inteligencia artificial no parece ser el acceso a sus herramientas ni la dificultad de su uso elemental, sino la capacidad para utilizarlas de manera crítica, productiva y responsable. Obtener valor de la IA exige formular adecuadamente los problemas, proporcionar contexto, evaluar la calidad de las respuestas, detectar errores y verificar la información. El riesgo, por tanto, no es solo que una parte de la población quede excluida, sino que surja una forma de analfabetismo funcional: personas capaces de interactuar superficialmente con la inteligencia artificial, pero sin las competencias necesarias para comprender sus limitaciones, orientar sus resultados y aprovecharla efectivamente.
México todavía enfrenta restricciones importantes para el aprovechamiento de la inteligencia artificial. Aunque el acceso a internet es mayoritario, ello no implica que toda la población disponga de una conexión estable, asequible y adecuada, ni de los dispositivos necesarios para realizar tareas complejas. Una proporción muy elevada de los internautas se conecta mediante teléfonos inteligentes, mientras que el acceso a computadoras es considerablemente menor. Si bien un teléfono permite consultar y utilizar aplicaciones de inteligencia artificial, la computadora facilita usos más avanzados, como analizar bases de datos, trabajar con documentos extensos, programar, comparar fuentes e integrar estas herramientas en procesos productivos. Esta diferencia de equipamiento podría contribuir, junto con la falta de capacitación y el desconocimiento de sus posibilidades, a que buena parte de los usuarios emplee la inteligencia artificial principalmente como un buscador avanzado.
Más allá de las decisiones adoptadas por empresas e instituciones educativas (dos lugares relevantes para la difusión de nuevas tecnologías), la actitud de la población constituye un factor fundamental. La velocidad y profundidad con que se adopta una innovación dependen también de la utilidad que las personas le atribuyen, de su confianza en la tecnología, de su disposición a experimentar y de su percepción de los riesgos. Por ejemplo, en el caso de la inteligencia artificial generativa, la adopción individual puede incluso preceder a la institucional: trabajadores y estudiantes comienzan a utilizar estas herramientas antes de que empresas y escuelas desarrollen estrategias, normas o programas de capacitación.
Parametría, en mediciones previas de su Serie Nacional, ha registrado actitudes de la población hacia la adopción de nuevas tecnologías. A manera de actualización en la medición de marzo, registramos el uso de una aplicación de inteligencia artificial en particular: ChatGPT. A diferencia de otros informes como los de Microsoft, que indagan sobre el uso de distintas aplicaciones en empresas, trabajo o escuelas, y el tipo de funciones que realizan, solo quisimos registrar quién tiene acceso a esta aplicación de forma pagada y cuál es la intensidad de su uso, como un indicador.
Pagar por la aplicación puede ser una señal clara de la intensidad de su uso, la seriedad con la que se le considera y la utilidad que reporta. El pago de la aplicación es un método para medir la predisposición para su adopción, ya sea por parte de la empresa o de manera personal. Asumimos que nadie pagaría por algo que no utiliza, que no necesita o que no ha incluido en sus labores cotidianas. Y la intensidad de sus usos podría ser un indicador si lo han incorporado a sus actividades laborales.
Según el AI Diffusion Report de Microsoft, en México 1 de cada 5 trabajadores en nuestro país ya usa IA (20.1%). México ocupa el lugar número 7 de la región, luego de Costa Rica (28.5), República Dominicana (24.8), Uruguay (24.6), Colombia (24.5) y Chile (22.7).
Los datos obtenidos por Parametría cuestionarían de alguna manera los porcentajes reportados por Microsoft y los llevarían aproximadamente a la mitad o menos de su estimado, medido entre la población en general. Primero tenemos que internet llega a 8 de cada 10 mexicanos. Su crecimiento ha sido acelerado, pero no tiene todavía alcance universal.


De ese 80 por ciento, aproximadamente un 40 por ciento utiliza ChatGPT o Gemini, cada una casi en iguales proporciones (21%). Porcentajes mucho menores usan otras plataformas como Copilot, Deepseek o Claude. El 21 por ciento de usuarios de estas plataformas representa el 17 por ciento de la población en general (ya que se excluye al 20 por ciento que no tiene internet).

De estos, dos terceras partes los utilizan por lo menos una vez a la semana (65%), pero de manera intensiva –todos los días o 4 a 6 días– solo una tercera parte (35%). Este último dato podría ser un indicador de si lo tiene incorporado a sus actividades laborales. Esto llevaría nuestro 17 por ciento de usuarios de la plataforma específica de ChatGPT a aproximadamente 6 por ciento de usuarios frecuentes. Es decir, solo 6 por ciento lo tendría integrado a su actividad laboral o dependería de la IA para trabajar.

Quien utiliza la plataforma por lo menos una vez a la semana se asemeja más al dato de los que utilizan la aplicación pagada, alrededor del 11 por ciento, –dos terceras partes del 17 por ciento de usuarios–. Este porcentaje es la mitad de lo que reporta Microsoft del porcentaje de quien lo tiene incorporado a su trabajo.

Cualquiera que sea el porcentaje que consideremos, los datos llevan a la misma conclusión: solo una minoría está incorporando la IA a sus ocupaciones laborales y con ello podríamos concluir que solo un pequeño porcentaje de los usuarios crea valor con ella, independientemente de la aplicación que le den. De allí que una de las críticas a nuestra incorporación de estas plataformas a nuestra vida cotidiana sea que se han convertido en buscadores de información sofisticados o avanzados, digamos un Google mejorado.
Una limitante de estos datos es que solo reportan la actividad sobre ChatGPT, asumiendo que es la más popular. Pero aun con esta limitante, la conclusión no cambia de manera sustancial: no estamos incorporando estas herramientas a nuestras actividades laborales para la generación de valor y ello con el tiempo nos podría llevar a algo más grave: ser solo observadores o analfabetas funcionales de la inteligencia artificial.